jueves, 25 de octubre de 2018

El niño cabra

MeeEeeh!


Estamos planeando grandes cosas y nada se puede escapar, el detalle mínimo tiene que estar al resguardo de los dedos fisgones que buscan las grietas, los pequeños espacios abiertos en la realidad por donde se fuga la materia orgánica que mueve los engranajes. MieEeeEeh mierda. Si existe, que no se note.

Nada puede escapar.
El mismo pensamiento
nos deja un poco de aire para respirar.
Hemos puesto el alma lejos del ecuador:
las formas de la desesperación,
toman fisionomías diversas.
 
Las matemáticas nunca fueron un Fuerte, las cuentas y los antagonistas, envidiables e indivisibles se congelan formándose cristales a su alrededor. Las medidas innecesarias como forma de comprender la razón. Diminutas puntas brillantes que se proyectan al cielo. Los pequeños resplandores hacen que la vista caiga directa sobre ellos. El resto pretende pasar desapercibido y en el vapor que se desprende del suelo se elevan las almas que tienden al cero absoluto, junto a la sensación de excitación, se esfuman para siempre.  


Aquí no hay premeditación, sucedió como se suceden los días y la naturalidad fue la consorte perfecta en los altos pastizales. Aquí no hay dramatismo alguno, no nos vamos a hacer caso ni a tomarnos enserio. Estamos al resguardo, ni siquiera nosotros mismos podemos hacernos daño. Aquí podemos yacer al amparo de nuestra subjetiva mirada. Quizás solo baste con respirar lentamente, a la mañana nada va a pasar, a la tarde nada va a pasar, a la noche nada va a pasar, así mediamos el tiempo en ese lugar.  

MeeEEEeeh!

Un frasco vacío, es lo que es. Me resulta inevitable no pensar, que cuando no había mucho que decir, sin cavilaciones, tomó la determinación y dejó el misterio, el terrible despojo sincero. Quizás se fue con el temor que tienen los hijos al crecer, el de la incertidumbre despues de la siesta. Para que mi cara no le recordara de lo que huye. Huye de lo que no puede controlar y prever, será que el cálculo es la matriz de esta doble hélice maldita. Sujétate de mis cuernos y vámonos otra vez de este lugar que estoy aburrido.  


MeeeEh!





miércoles, 3 de octubre de 2018

Frío de naranja con los pábulos al aire



Revuelvo el lugar,
que no vuelva a pasar.
Bolsas abiertas dispersas,

ropa relajada
sobre la cama.
La heladera vacía,
abstracto extraño
junto a un colchón.

En llamas de lengua,
me encuentro
agachado comiendo,
como perro
sin amo ni dueña.

Igualdad de piel,
desnudez procaz
de pie sin media. 
Todo lo que busco
siempre
está debajo de la cama,
pero no su gemela.

domingo, 19 de agosto de 2018

Omisión especular




Una crisálida a ser destruida,
escondiéndose
detrás
de la casa
de los espejos.

Mastica su propia dentadura, 
viaja a través del tiempo,
se mueve por el espacio. 

Los tapones explotados
supuran y esos labios partidos
drenan recuerdos. 

La verdad es transformada
en un mórbido dogma,
coraza endeble
del blando interior. 


sábado, 18 de agosto de 2018

Ingenuidad y tristeza de invierno


Abraza incalculables momentos
y se destrona en llanto,
como lluvia de mayo,
tan pura como la nieve,
tan ingenua como mi sonrisa. 

Se limpia,
se deshoja,
alucina,
llueve
y llora.

Se asemeja al gris del cielo,
con esa cara de niña atroz,
despojada
de su juguete más preciado.

Es que tiene esa cosa invernal:
la blancura 

propia de la estepa helada.
 
Me hace sentir vivo,
medio vivo,
es fresca y suave
como el viento de los días 
menguantes.



jueves, 19 de julio de 2018

El camino y la mañana robada

Otra fecha ficticia en este muestrarios de días incontables, todo se desarrolla con naturalidad en los parajes más alejados de la civilización. El pueblo era un bostezo entre las montañas y el colectivo serpenteaba entre los valles. Que camino de mierda, tierra, piedras, bichos muertos al costado de la ruta, el esplendor de la naturaleza siendo consumido por el combustible, las ganas quemadas y los radiadores sobrecalentados.

Las luces se desplegaron y ya no hay filosofía ni historia que sirva en este lugar, usualmente la práctica hace añicos la razón que posee la teoría, un lápiz bien afilado es prescindible al lado de un cuchillo mellado y las entrañas de la pequeña ciudad se abren mostrando sus cicatrices más profundas y sus cerros más preciados. 

Que cementerio tan encantador este, donde los cuerpos descansan al compás de viejas rimas en forma de epitafios. Caminos empedrados por donde pasaron cuatreros, ladrones y poetas. El calibre de las calles esta bien medido por el métrica clavada en el meridiano, la gente se levanta tarde para asistir al ritual de todos los días. 

La próxima vez, quizás, tenga más tiempo para observar el detalle, ir y desmenuzar el espíritu, la porción que no alcanza para el más austero de todos: el viajero que no tiene donde vivir, ni donde morir. A primera hora solo hay veredas vacías, negocios cerrados y tripas que crujen de hambre, el alimento se hace esperar por que es hora de andar: economía de guerra, muerte de macetas sin vegetación, ir por los bosques artificiales que se ven a esta altura del camino. 

Extraño esas plumas de mar que no dejan de estar apretadas, bien ceñidas al cuerpo que extiende sus alas y se echa a volar. No soy un simple ladrón, la mañana me agarra con las manos dormidas y mi colchón de tierra dice que el tiempo se agotó, será que mis bienes son escasos y que ni siquiera el plástico tan moderno y efectivo me puede salvar de esta soledad de cerros y de valles iluminados por el sol despiadado. 

Ni que decir del viento, se cobra lo incobrable, mi aliento, mi respiración, el aire de mi pulmón derecho, me llena de tierra el ojo izquierdo, me solapa contra las paredes de un cañadón falso y me hace tropezar con construcciones precarias, por donde el agua supo pasar, por donde los peces de los ríos se detuvieron a descansar. Me convirtieron en el ladrón de la mañana por no pagar asilo, soy el que se quedó dormido y robó todas las hora que acaban de terminar y algunas más para el camino.


miércoles, 27 de junio de 2018

Half paradise

El cielo comenzó a incendiarse ni bien llegamos al lugar, 
el agua corriendo ladera abajo era una clara señal de combate, 
de llamas furiosas que ascienden
junto a nubes de humo que ensombrecen el cielo del medio día. 


Una bella postal,
un hermoso escaparate desmedido en sus momentos más voraces, 

donde el fuego consume todo lo que raya, 
todo lo que sobra: la mala planificación, 
la desidia y la precarización.

Aqué abajo nada pasa y la química hace su magia 

transformando 
el paisaje en un fino peregrinaje
de diademas sin plata.

El ingenio con su roce secreto 

anda dando vueltas por las calles empinadas del caserío en llamas, 
los cerros sucumben de calor
y los que pueden escapan.

 
Si no hubiese olvidado el diccionario en otro viaje,
podría encontrar otras palabras
para describir esta sensación inconvenientemente inconmensurable.

Desesperación.

Cenizas que viajan como esporas
van generando fuegos nuevos en otros lugares. 


Estos consumen y gastan la muerta y amarillenta vegetación, 

los ranchos improvisados, 
las escasas posesiones de los antípodas del paraíso. 

Los fuegos dejan a la vista los vastos rincones a donde no llega el agua, 

ni las cloacas, ni el alumbrado, consume el decorado,
para dejar expuesto lo alienado, lo pobre. 


Parece un espasmo ardiente que recorre el cuerpo, 

un temblor que duerme acurrucado en el pecho de los habitantes, 
es la ceniza que se planta y de la que somos alimento.
 

Esto nos consume, nos desintegra y nos lleva al mar, 
volvemos al suelo, al sueño, 
somos fuegos,
somos gaviotas que miran desde el cielo.


Nos elevamos, ahora somos mar y cielo, fuego y tierra, 
agua y sosiego. 
 
Desde aquí arriba podemos ver el incendio, 
ese cerro, 
esa gran Cárcel junto al cementerio
con toda su sal que toma barcos y peces,
de
la que todos somos rehenes.